
Los mejores son aquellos que vienen por que te apetecen, porque apremian por salir, los que suplican por ser compartidos.
Los mejores son los que comienzan con una mirada compartida, los que sabes que se producirán pero anhelas que se realicen.
Cuando sabes que es el momento, cuando sabes que son deseados, cuando sabes que son aceptados.
Los que comienzan con tímido roce de mano en la mejilla, cuando con ese tímido roce cierras los ojos ante la anticipación del momento.
Los que te acercan a la otra persona, los que hacen que adaptes tu cuerpo para recibir o ser recibido en el otro, los que hacen que te acoples a otro ser para por un momento no distinguir dónde empiezas tú y dónde termina la otra persona.
Esos que hacen que tu mano acaricie superficialmente los labios de la otra persona mientras se entreabren levemente.
De los que te incitan a acercarte y recorrer con la lengua el mismo recorrido que han hecho tus dedos.
Los que comienzan despacio, como un leve y tímido baile.
Los mejores besos son los que a cada segundo que pasa se van haciendo más y más apasionados; más y más profundos; más y más calientes.
Los mejores son los que te erizan la piel, los que te encojen los dedos de los pies, los que te acercan con un dolor dulce a la otra persona hasta que apenas puedes respirar.
Los mejores son los que te hacen enloquecer de tal modo que no sabes que hacer con tus manos, todos los lugares quieren ser recorridos y ninguno olvidado.
Los mejores son los que te hacen olvidar qué está bien y qué está mal.
Los mejores son aquellos que solo quieres sentir.
Esos que te vuelven salvaje, eso que te hacen desear saber más, esos que te hacen querer saber hasta con tus propios dientes cuan suave y dulce pueden ser esos labios que te están aturdiendo y despertando a la vez.
Esos que cuando se acaban te dejan palpitante, tembloroso, ardiente y deseoso de más.
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