Y el mundo era mejor, más justo y humano, más generoso y solidario.
El mundo era un lugar de dicha, donde desear vivir, donde desear estar y ser feliz. Desear soñar y avanzar.
Pero desperté, y seguía siendo inhóspito, baldío, injusto y traicionero.
El mismo mundo de pecado.
El mismo mundo mutado por múltiples enfermedades infecciosas que lo consumen hasta su extinción.

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